La Bruja y la Moza de la Taberna de Seymour Hamilton

Hemos tardado un poco porque queremos que esta edición de La Princesa valiente de Seymour Hamilton sea perfectísima. Como adelanto al debut de la tapa blanda, estamos orgullosos de presentar uno de sus cuentos más sorprendentes, “La bruja y la moza de la taberna.” ¡Que disfruten!

TLP Esp

La Bruja y la Moza de la Taberna

Ana era una bruja – o eso pensaban los aldeanos. Estaban convencidos por la evidencia de su cuerpo curvado, sus hábitos excéntricos y su forma profundamente valiente de mirar hasta donde fuera que un hombre malvado mantuviera lo que le quedaba de su decencia. Por esta razón fue acusada de usar el mal de ojo. Ana vivía donde un camino irregular y poco transitado corría hacia el siguiente asentamiento al sur, una distancia de considerables e incómodas leguas que cualquier persona con sentido común sabía que sería mejor recorrerla en un viaje por el océano – suponiendo que hubiera una razón para visitar ese lugar.

Ana estaba muriendo. Se había reconciliado con el hecho en sí, pero no con la injusticia de saber que con un poco de ayuda podría recuperarse. Sin embargo, para alguien cuya columna vertebral tenía una desviación de más de un palmo hacia un lado, y cuyo hombro derecho estaba siempre inclinado hacia la oreja, simplemente no había la posibilidad de conseguir la comida y la bebida que necesitaba para sobrevivir. Una fiebre había debilitado su delgada figura hasta quedarse sin fuerzas, así que estaba en su cama en su casita de campo y trataba de abandonar este mundo con dignidad, lo supiera o no alguien más. Le molestaba que tanto ella como la casa necesitaran limpieza, que a su lámpara no le quedaba aceite, que sus libros fueran demasiado pesados como para que los cogieran sus dedos raquíticos, y que le picaba la punta de la nariz. Sin embargo, aunque no había nada que ella pudiera hacer sobre estas incomodidades, se habló acostada en la cama para mantener el coraje mientras se preparaba para el último y más desalentador paso destinado a toda la humanidad.

“Desear es lo que mantiene nuestra esperanza”, susurró. “Muchas veces he deseado tener un cuerpo fuerte, e incluso aunque no lo tuviera, este deseo llegaba siempre que descubría que sabía algo que la gente de cuerpo fuerte rara vez aprende. Supongo que todo se equilibra”. Se rió en voz baja. “Todo este conocimiento, y nadie a quien hablarle de ello. Qué pérdida de tiempo”.

Dirigió sus ojos marrones a la luz que entraba por la puerta abierta y vio un alerce brillando a la luz de la tarde.

“Es una bendición”, dijo en silencio. “Un alerce como una llama de oro viviente. Una buena vista para mi última tarde. No creo que se pueda pedir más. Pero lo hago: desearía tener una hija a la que haber visto crecer hasta convertirse en una mujer, cuyas penas yo podría haber conocido con comprensión y cuyas alegrías habrían confortado mis pensamientos. Y bueno…”

Cerró sus ojos cansados y escuchó los sonidos de la tarde. Una urraca se rió para sí misma, la suave brisa hacía crujir los alerces y barría las agujas muertas en montones ante la puerta de su casa. Deliberadamente transformó sus pensamientos hacia todos los momentos felices que pudo recordar, y  cuando estaba en el proceso de recrear los detalles de una particular noche deliciosa que había pasado riendo con Peder el Mago hacía ya veinte años, un sonido interrumpió su ensueño.

Fuera, en el camino, alguien estaba maldiciendo. Al principio Ana estaba ligeramente enojada por haber sido interrumpida en su proceso de despedirse de todos sus mejores recuerdos. Después, como las blasfemias continuaban, una admiración reticente fue sustituyendo a su irritación. Sabía que su voz se había convertido en un susurro audible sólo para cualquier persona cuyo oído estuviera casi tocando su cara, así que ni consideró la idea de intentar gritar, y puesto que lo único que había podido mover en un día fueron sus párpados y los labios, la idea de golpear algo para atraer su atención no tenía razón de ser. Ana escuchaba, pues no había nada más que pudiera hacer.

La maldición era peculiarmente bondadosa, como si la persona que hablase fuera consciente de que jurar no hace ni bien ni mal, pero sirve para aliviar sentimientos. La voz era fluida, y unía las palabras en frases intrincadas de abuso, sin repeticiones. Un amplio abanico de vituperio, lleno, rico, rítmico, castigó una piedra en un zapato, muchas ampollas, el camino que había causado todo, y la habitual intratabilidad del universo.

Ana había estado escuchando durante un rato antes de que le llamara la atención que oía la voz de una joven.

Debería haberme dado cuenta desde el principio, pensó Ana. Me pregunto quién es.

La voz respondió cortésmente a su muda pregunta.

“Bueno, segura como de que mi nombre es Jenny y que pretendo vivir mi vida libre, aunque puede ser corta, centraré mis posibilidades en esa casita abandonada y dormiré bajo techo, pase lo que pase”.

Llegó a la puerta pasos que cojeaban, y unas cuantas más maldiciones bien elegidas mientras un pie desnudo con ampollas rasguñó el suelo con agujas de alerces. Entonces los últimos rayos de la puesta de sol se derramaban entre los picos de las distantes montañas y a través de la puerta, y Ana vio la silueta de una mujer que sujetaba un zapato con una mano y con la otra empujaba la puerta abierta.

“¡Vaya!”, dijo la mujer que se llamaba Jenny. “Huele como si alguien hubiera muerto aquí”.

“No del todo”, dijo Ana, demasiado débil para que sus labios hicieran algo más que enmarcar las palabras. “Pero casi”.

“Aun así, viene lluvia o nieve”, dijo Jenny, entrando. “Y un tejado es un tejado”.

Ana estaba paciente en su cama. Había decidido que le gustaba lo que había oído y visto, pero no tenía ilusiones acerca de la capacidad de la gente para alejarse de la fealdad o la desgracia. Esperaba averiguar que ocurriría con esperanza, pero sin grandes expectativas. Las manos de Jenny tocaron la mesa, y Ana ofreció sus pensamientos para guiarlas hasta una cajita de yesca y una botella de aceite que durante días habían estado fuera de su alcance. Una chispa se encendió en la oscura casita de campo, y por su chorro de fuego naranja la lámpara y la botella brillaron brevemente. Un pie calzado y otro desnudo daban lugar, alternativamente, a pisadas con sonido fuerte y otras acolchadas, el aceite hacía glu-glú, la cajita de yesca raspaba otra vez, y después de unos momentos de soplidos mezclados con más maldiciones, la lámpara vaciló hasta conseguir una luz constante. Ana vio un brazo desnudo con bonito pelos casi invisibles, alcanzó a ver una nariz respingona, y vio el brillo de una cabellera rubia sobre las abultadas curvas de una figura robusta.

“Mesa, armario, silla, un manto colgado detrás de la puerta, zapatos…”, enumeró Jenny. “Sea quien sea el dueño de este lugar debe ser… ¡Oh, madre mía!”

La lámpara que Jenny sostenía en alto se hundió en su mano, y se acercó a la cama lentamente.

“Lo que me faltaba”, musitó. “Un cadáver para recordarme lo que me depara el futuro…”

Ana cerró sus ojos y los abrió de nuevo.

“¡Espíritu de la Vida!”, exclamó Jenny. “¡Está viva!”

Ana oyó los tap-clomp, tap-clomp de los pasos que se alejaban, y suspiró.

Qué se le va a hacer, pensó. Mejor debería volver a mi muerte como si no me hubieran interrumpido.

Cerró los ojos y trató no escuchar. Sin embargo, momentos después las ropas de la cama eran cogidas y la vergüenza interrumpió la ecuanimidad que había alcanzado al final de su vida, porque ella sabía lo sucia que se había vuelto.

“Primero el interior, después el exterior”, dijo Jenny.

Levantó la cabeza de Ana y le echó agua dentro de la boca, y también por sus mejillas y el cuello. El beber llegó mucho después de que Ana hubiera abandonado todo pensamiento de la tremenda sed que la había consumido el día anterior. Una parte de su mente casi rechazó el regalo del agua que da vida, pero su cuerpo se hizo cargo de sus necesidades. Sintió el líquido caer por su garganta, y una vez más sintió sus miembros. No fue una sensación totalmente placentera, pero le hizo acordarse de vivir, y vivió.

A continuación, Jenny cuidó a Ana con una disposición y una ternura muy en desacuerdo con su continuo flujo de invectiva variada. El abuso de buen humor estaba dirigido exclusivamente a la situación, nunca a Ana, y a cada momento que pasaba la anciana sentía que crecía su afecto por Jenny. Poco a poco, como primero fue bebida y después unas finas gachas de avena entraron cuidadosamente con una cuchara en su boca, Ana recuperó fuerza suficiente como para susurrar unas cuantas instrucciones acerca de dónde se guardaban sus pertenencias. Al final, estaba acostada en una cama recién hecha, su cuerpo limpio y alimentado. Lo último que Ana oyó aquella noche fue a Jenny gruñendo para sí misma mientras se preparaba una cama de musgo y alfombras en el suelo.

Cuando por la mañana la luz del sol salpicaba la colcha de Ana y templaba los nudillos de sus torcidas manos, oyó el chapoteo del agua en un cubo con la melodía de una canción vulgar que había escuchado por primera vez cuando Peder el Mago había bebido abundante cerveza de calidad una noche de verano, muchos años antes. Cuando Jenny volvió del arroyo cercano, Ana disfrutó de la vista del resplandeciente cabello de la joven, la figura completa y las faldas por encima de los pies con ampollas que ya no estaban apresados por los zapatos que les habían magullado.

“Buenos días, Jenny”, dijo Ana en voz baja.

“Oh, bien”, dijo Jenny. “Estás despierta. Ahora desayunaremos algo”.

Una vez que hubieron comido, una un generoso bol de copos de frutos secos y la otra unos cuantos bocados, se miraron, evaluando.

“No vas a morir”, dijo Jenny.

“Aún no”, estaba de acuerdo Ana.

“¿A quién puedo avisar para que te ayude?”

Recostada sobre una almohada, en una postura medio sentada, Ana encogió sus deformes hombros.

“A nadie. Todos los que se preocuparon por mí hace ya tiempo que murieron”.

“Hombres”, gruñó Jenny.

“Tengo en la memoria a alguien a quien recuerdo con cariño, y siempre lo haré”, dijo Ana.

“Pueden ser divertidos”, reconoció Jenny, cruzando una pierna sobre la otra, examinando sus dedos con ampollas. “No soy alguien que olvida los apretones y los abrazos, ni los ocasionales besos a medianoche”.

“Bien”, dijo Ana. “Pero hay más”.

“Eso creo”, dijo Jenny, expectante, con los ojos muy abiertos. “Pero pienso que no voy a creérmelo más”.

“Tan amarga, tan joven”, dijo Ana.

“Tan magullada, tan cansada, tan perseguida por un hombre que insiste en que es dueño de mi cuerpo y de mi alma”, espetó Jenny. “Y tan embarazada. Les odio a él y a su hijo”.

“Ódiale si quieres”, dijo Ana suavemente. “Aunque eso no te hará ningún bien. Pero no odies al niño”.

“Es su manera de controlarme. No es un hijo fruto del amor. Nunca debería haberme casado con él, pero ¿qué puede hacer una moza de una taberna, huérfana, cuando cree que ha encontrado un camino fuera de los cacharros y las botellas, de los pellizcos no deseados y de las largas horas? Le conozco mejor ahora, pero parecía un buen tipo cuando me cortejaba”.

“Entonces recuerda eso, y lleva al niño con alegría”.

“No tengo muchas opciones. Está a menos de un día de distancia de aquí. Me encontrará, y su hijo y yo moriremos juntos. No conoces su temperamento. Yo sí”.

“¡Deja de decir que el niño es del padre!”, dijo Ana secamente. “El niño es él mismo. Tienes mucha suerte de llevarlo dentro”.

“Incluso una bruja podría hacer lo mismo”, replicó Jenny.

“No todas pueden”, dijo Ana.

“¡Oh, madre mía!”, exclamó Jenny. “Son las palabras. Saltan desde mi boca demasiado rápido, y después me lamento de haberlas dicho. Debería haberlo adivinado. Eres una bruja, y tu cuerpo es tal que…”

“Tener niños me era imposible, afuera de que ningún hombre me miró como lo haría a una esposa”, completó Ana. “Y no soy más bruja que Peder mago. Pero él vino demasiado tarde. Soy fea. Eso es todo”.

“No lo eres”, contestó Jenny. “Eres hermosa. Es sólo que tu cuerpo es un poco… un poco retorcido. Pero no he visto cara más bonita, ni unos ojos más encantadores que los tuyos”.

Ana miró a Jenny con un momentáneo temor de burla o pena, pero sólo recibió de los ojos azules de la mujer la misma mirada directa, con los ojos muy abiertos.

“No tienes picaresca, Jenny”.

“Oh, puedo ser astuta”, dijo Jenny, y guiñó un ojo con picardía mientras se levantaba para fregar los platos.

“Puedes jugar al juego del amor, niña. Eso es diferente. No deberías envenenar tu vida”.

Jenny se encogió de hombros.

“Tiene que atraparme primero. Si puedo ir más allá de la Aldea sin que nadie me vea, pueden decirle que ha venido por el camino equivocado, y seré libre de él”.

En ese momento, el aire de la montaña trajo el sonido distante de sabuesos aullando.

“No”, susurró. “No con los perros de Kurt. No quiero morir de esa forma. Los deja que se mueran de hambre hasta la desesperación y luego capturar a su presa viva. Me amenazó con ellos cuando no quise compartir mi cuerpo con sus clientes en la taberna”.

“¿Es eso cierto, Jenny?”

Jenny se volvió hacia la anciana, con su rubio cabello cayendo a ambos lados de su rostro.

“Sí, lo es”, dijo Ana. “Muy bien, debemos parar a los perros y a él. Alimenta el fuego y tráeme ese libro que hay sobre la repisa de la chimenea. Ábrelo por donde dice ‘dragones’”.

“Los huérfanos aprenden mucho en las tabernas – pero no las letras”.

“Muy bien, debes encontrar el lugar conmigo”, dijo Ana. “Date prisa”, añadió, mientras el sonido de los perros se acercaba.

Sin saber si tenía más miedo de los hechizos de Ana o del peligro que se aproximaba, Jenny hizo lo que se le pedía. Pasó páginas, echó hierbas en el fuego, roció agua en el fogón, repitió extrañas sílabas y obedientemente avivó con aire las llamas azuladas que crecían en el fuego. El sonido de los sabuesos se acercaba más y más, los ecos se repetían cada vez más rápidamente. Un grito se unió al clamor de los perros, y Jenny miró por la puerta.

“Ana, no está funcionando. Gracias por intentarlo, pero es demasiado tarde. Quizá es porque no creo en lo que estoy haciendo, y si es así, lo siento. Pero no puedo permanecer aquí y ver cómo te mata a ti también. Me marcho”.

Cuando dio un paso para salir por la puerta, ésta se cerró desde fuera por un violento golpe de aire caliente.

“Si te marchas, moriré de todas formas”, dijo Ana. “¡Miserable elemental, date prisa!”

Los ladridos se transformaron en aullidos cuando los sabuesos rodearon la casa.

“¡Sal, Jenny!”, gritó la voz de un hombre. “O prenderé fuego a la casa. Huyes de mí, y ahora sufrirás por ello”.

“¡Líate una cuerda y hazle un nudo y engánchate a la boca de un tiburón, Kurt, cazón cobarde!”, gritó Jenny, agarrando un cuchillo de trinchar.

Ana siguió mascullando sus hechizos al igual que la rica corriente de improperios vertidos por la moza de la taberna.

“… y que ardas allí”, gritó Jenny cuando finalmente se quedó sin aliento.

La casa de campo retumbaba como un tambor al ser golpeado, y el tejado crujía bajo un gran peso. Encima había un siseo y un rugido como los de un poderoso alto horno, y la única ventana pequeña era golpeada por una cola retorcida y escamosa.

“¿Qué haces aquí, hombre?”, dijo una horrible voz desde lo alto.

Las dos mujeres se miraron, mientras fuera los perros lloriqueaban de miedo.

“He venido a llevarme a casa a mi mujer y al hijo que lleva en su interior”, dijo Kurt con el tono de un hombre que era más bien ofendido que ofensor.

“Tonterías”, dijo la terrible voz. “Has venido a vengarte de ella”.

“No, magnífico dragón”, trató de persuadirle Kurt. “He venido sólo a llevarme lo que es mío y a cuidarlo con delicadeza. Deseo sólo corregir sus errores con ternura y moldear su naturaleza testaruda y…”

“¡Mentiras!”, bramó el dragón. “Yo, Santosh Raal-Zurmath, detesto las mentiras. ¡Arrepiéntete!”

“Oh, dragón, ¿qué puedo hacer por ti?”, trató de engatusarle Kurt. “Ya lo sé. ¿Por qué no tomas a mi mujer? Es cariñosa y rolliza, y sería una comida apetitosa. Sácala de la casa, devórala y déjame ir libremente”.

“¡La cobardía!”, dijo el dragón, enfurecido. “¡La detesto aún más!”

El aire de la casa se calentó como el de un horno. La cola del dragón golpeaba los muros, y donde tocaba salía humo.

“No exageres, Santosh”, dijo Ana tajantemente. “Queremos ser rescatadas, no horneadas vivas”.

El sonido de pies que corrían llegó a las mujeres por encima del crepitar de una repentina llamarada azul sobre la chimenea. Un destello de luz inundó la pequeña habitación, y con un trueno se abrió la puerta. Jenny se tiró al suelo tapándose los oídos con las manos. Una figura enrollada y con llameante cruzó el cielo como un rayo por encima de las cumbres de las montañas, y abajo donde el camino giraba hacia la casita de campo había una columna de humo aceitoso. Detrás había cinco trozos más pequeños, en la zona de hierba y de musgo, ardiendo.

“Bueno”, dijo Ana aspirando el olor sulfuroso que había en la casita, “me gustaría que Peder hubiera visto esto. Nunca tenía mucho tiempo para Santosh Raal-Zurmath, pero digo que ¡es un dragón que sabe hacer bien su trabajo!”

“Dulce madre”, exclamó Jenny. “Nunca más volveré a dudar de ti, Ana”.

“Bien”, dijo Ana. “Porque tengo mucho que enseñarte, y no dispongo de mucho tiempo. Primero debes aprender a leer. Después toca el conocimiento de las hierbas y el aprendizaje de los bosques, y el alumbramiento – no debemos olvidar eso – y conjuros y encantamientos y…”

Se detuvo y miró, ansiosa, a Jenny.

“¿Te quedarás?”, le preguntó muy suavemente.

“Por supuesto”, dijo Jenny, mientras se levantaba del suelo y se sacudía espinas de alerces de su pelo. “¿Cuándo empezamos?”

* * *

“Me ha gustado esta historia”, dijo Petra. “Ana sabía lo que quería, y Jenny también”.

“Santosh Raal-Zurmath era un dragón terrorífico también”, dijo Daniel. “¡Puff! ¡Y Kurt se convierte en humo!”

“¿Eres tú también un dragón de fuego?”, preguntó Petra.

“Tengo mis momentos”, dijo el Dragón modestamente.

“Sólo preguntaba”, dijo Petra, “porque empieza a hacer frío, y me preguntaba que si recogemos algo de madera que trae la marea, si te importaría que encendiéramos un fuego”.

“Observa”, dijo el Dragón.

La enorme cabeza se alzó muy por encima de ellos y el hocico apuntó a la roca sobre la cual había descansado su escamosa barbilla. Hubo un sonido como el de un escape de vapor, y la roca empezó a brillar. En unos instantes, el aire caliente se quedó en el interior de las alas del Dragón, que las había plegado en forma de tienda, rodeando a los dos niños. Daniel acercó sus manos a la roca y se calentó los dedos.

“¿Esto significa que nos vas a contar otra historia?”, preguntó Petra.

“Daniel, dijiste que la Princesa tendría una buena vida”, dijo el Dragón. “¿Te gustaría escuchar otra historia sobre ella?”

“Oh, sí”, corearon Petra y Daniel.

Y el Dragón contó la historia de la Reina y el surcador de mares.

—Seymour Hamilton

traducción de Susana Martín Puya

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