Dragons and a Princess with New Artwork

SAMSUNG TECHWIN DIGIMAX-230

The Trossachs, Scotland by Shirley MacKenzie

I asked Seymour Hamilton, author of The Laughing Princess, how it came about that he met Shirley MacKenzie, who did the lovely new cover and many other drawings for that book. This is how he explains it:

I met Shirley MacKenzie at a reading soiree at a now defunct indie bookseller which had our books on consignment.  Shirley had written and illustrated a moving account of her search for her birth mother and father. The emotional impact of Shirley’s story was in her drawings, which are at the intersection between personal and universal.  She does not tell her reader what to think or feel: she presents evocative images of loss, longing and fulfillment that haunt me still.

"Ryll's Fortune"

“Ryll’s Fortune”

Shirley bought a copy of my book, The Laughing Princess, and was moved to draw a scene from one of the stories, “The Wizard and the Fire Dragon,” and later another, “Ryll’s Fortune.” I was amazed to see how close her vision came to the one in my mind when I was writing.  Her charming rendition of The Littlest Dragon, the character that ties the twelve stories together, is now the cover art for both The Laughing Princess and the Spanish edition, La Princesa valiente.

Cover art for Shirley's book, Orphan Sage

Cover art for Shirley’s book, Orphan Sage

Shirley’s search for her birth parents took her to England and Scotland, where she travelled with sketchbook in hand.  In London, her paintings feature views of and through the peculiarly English iron railings that most people see but do not notice.  In Scotland, she captured the muted colours of a Scottish autumn with a vividness that refreshes the memories of those who have been there.

Back in Canada, she continued to find ways of taking us through the picture frame into the world that she sees in such vivid detail.  Her paintings of New Brunswick and Nova Scotia have the quality of a shared experience, when one person says, “Look at that!” and both enjoy the moment.

Illustration is Shirley’s latest enthusiasm.  She started with well-known children’s classics such as The Little Prince, Charlotte’s Web and Treasure Island.  Her drawing of a pivotal emotional moment when Jim Hawkins makes an important step towards manhood illuminates the text, making us aware that Robert Louis Stevenson was not just writing adventure: his story has emotional depth that we often lose in the many films, cartoons and re-interpretations of the famous tale.

The most poignant example of Shirley’s ability to read into the deeper dimensions of a story came when she drew a couple of incidents in stories by Spider Robinson.  I was impressed by the appropriateness of her treatment of these emotion-laden scenes, and sent copies of them to Spider, who I have known since we both lived in Halifax, Nova Scotia.

Charlie and the Chocolate Factory

Charlie and the Chocolate Factory concept by Shirley MacKenzie

Here is a part of his response:

“I am seriously mind-boggled.  I just sat and looked at that sentence for ten minutes, trying to figure out what to follow it with.  I failed, but have decided to keep on typing, anyway.  But mind-boggled pretty much sums it up. The surely accidental resemblance of Erin to my granddaughter Marisa is uncanny.  (For which reason I have forwarded it to her mom in Connecticut.) And that happens to be the way I was wearing my hair and beard when I wrote that book.  And I lived in converted school buses on Stephen’s Farm long enough to recognize the interior of one when I see it.  Right down to the inevitable tape-patches on the seats. What a beautiful piece! If we ever succeed in getting the e-book rights to that book back from Bantam, that’s the cover I’ll recommend for it to my agent. Please tell Shirley I am highly pleased and deeply moved.  And thank her from me, big time.  It never fails to awe me when some words I stuck together end up inspiring a work of art.  Especially one that good.”

9781937291464The Laughing Princess is available with its beautiful new cover in soft cover: Soft cover | Amazon US | Amazon Canada | Amazon UK | Barnes and Noble | IndieBound (shows the old cover, but never fear!)

And in ebook:  Kindle  | Kindle CanadaKindle UK | Nook | Kobo | Sony | Google PlayBook Country | and Apple iBooks

Y en español: Amazon | Amazon España | Barnes & Noble | Pídela en tu librería preferida

Kindle | Kindle Canada | Kindle España | Kindle México | Nook | Kobo

All images in this post are © Shirley MacKenzie and must not be used without permission. Please see Shirley’s other work at artspace59.com.

Advertisements

Dragones en tapa blanda

TLP Esp

Han estado esperando muy pacientes. Han leído y disfrutado de “La bruja y la moza de la taberna.” Han comprado copias digitales.

Por fin llegó el momento que tanto esperaban: el libro infantil más interesante del año, con princesas, dragones, playas, piratas, un mago y una bruja ¡ya llegó en tapa blanda!

Petra y Daniel tienen poco interés en el pueblo pintoresco de pescadores que sus padres los han obligado a visitar de vacaciones. Ellos no saben que este pueblo tiene un legado de dragones.

Más divertido que la exploración de museos o ruinas pintorescas, una pequeña piedra en una playa desierta les ofrece la posibilidad de realizar magia, discutir con seres elementales, robar corazones, ir a la guerra, escribir poesía, escapar de un surcador de mares, y navegar el barco la Princesa valiente. Su mundo gris de llovizna nunca será lo mismo.

Del genio del autor famoso de la Trilogía Astreya, estas historias fantásticas y ligeramente melancólicas resonarán con las preguntas profundas que te haces mientras realices las tareas diarias.

“Una colección encantadora y original con personajes memorables y lenguaje elegante.”  —V. E. Ulett, autora de Captain Blackwell’s Prize

“Inteligentes y elegantes cuentos… Este libro debe ser considerado un clásico de la fantasía.”  —Spider Robinson, premio internacional en literatura fantástica

Amazon | Amazon España | Barnes & Noble | Pídela en tu librería preferida

Y sigue disponible en todos los formatos digitales:

Kindle | Kindle Canada | Kindle España | Kindle México | Nook | Kobo

La Bruja y la Moza de la Taberna de Seymour Hamilton

Hemos tardado un poco porque queremos que esta edición de La Princesa valiente de Seymour Hamilton sea perfectísima. Como adelanto al debut de la tapa blanda, estamos orgullosos de presentar uno de sus cuentos más sorprendentes, “La bruja y la moza de la taberna.” ¡Que disfruten!

TLP Esp

La Bruja y la Moza de la Taberna

Ana era una bruja – o eso pensaban los aldeanos. Estaban convencidos por la evidencia de su cuerpo curvado, sus hábitos excéntricos y su forma profundamente valiente de mirar hasta donde fuera que un hombre malvado mantuviera lo que le quedaba de su decencia. Por esta razón fue acusada de usar el mal de ojo. Ana vivía donde un camino irregular y poco transitado corría hacia el siguiente asentamiento al sur, una distancia de considerables e incómodas leguas que cualquier persona con sentido común sabía que sería mejor recorrerla en un viaje por el océano – suponiendo que hubiera una razón para visitar ese lugar.

Ana estaba muriendo. Se había reconciliado con el hecho en sí, pero no con la injusticia de saber que con un poco de ayuda podría recuperarse. Sin embargo, para alguien cuya columna vertebral tenía una desviación de más de un palmo hacia un lado, y cuyo hombro derecho estaba siempre inclinado hacia la oreja, simplemente no había la posibilidad de conseguir la comida y la bebida que necesitaba para sobrevivir. Una fiebre había debilitado su delgada figura hasta quedarse sin fuerzas, así que estaba en su cama en su casita de campo y trataba de abandonar este mundo con dignidad, lo supiera o no alguien más. Le molestaba que tanto ella como la casa necesitaran limpieza, que a su lámpara no le quedaba aceite, que sus libros fueran demasiado pesados como para que los cogieran sus dedos raquíticos, y que le picaba la punta de la nariz. Sin embargo, aunque no había nada que ella pudiera hacer sobre estas incomodidades, se habló acostada en la cama para mantener el coraje mientras se preparaba para el último y más desalentador paso destinado a toda la humanidad.

“Desear es lo que mantiene nuestra esperanza”, susurró. “Muchas veces he deseado tener un cuerpo fuerte, e incluso aunque no lo tuviera, este deseo llegaba siempre que descubría que sabía algo que la gente de cuerpo fuerte rara vez aprende. Supongo que todo se equilibra”. Se rió en voz baja. “Todo este conocimiento, y nadie a quien hablarle de ello. Qué pérdida de tiempo”.

Dirigió sus ojos marrones a la luz que entraba por la puerta abierta y vio un alerce brillando a la luz de la tarde.

“Es una bendición”, dijo en silencio. “Un alerce como una llama de oro viviente. Una buena vista para mi última tarde. No creo que se pueda pedir más. Pero lo hago: desearía tener una hija a la que haber visto crecer hasta convertirse en una mujer, cuyas penas yo podría haber conocido con comprensión y cuyas alegrías habrían confortado mis pensamientos. Y bueno…”

Cerró sus ojos cansados y escuchó los sonidos de la tarde. Una urraca se rió para sí misma, la suave brisa hacía crujir los alerces y barría las agujas muertas en montones ante la puerta de su casa. Deliberadamente transformó sus pensamientos hacia todos los momentos felices que pudo recordar, y  cuando estaba en el proceso de recrear los detalles de una particular noche deliciosa que había pasado riendo con Peder el Mago hacía ya veinte años, un sonido interrumpió su ensueño.

Fuera, en el camino, alguien estaba maldiciendo. Al principio Ana estaba ligeramente enojada por haber sido interrumpida en su proceso de despedirse de todos sus mejores recuerdos. Después, como las blasfemias continuaban, una admiración reticente fue sustituyendo a su irritación. Sabía que su voz se había convertido en un susurro audible sólo para cualquier persona cuyo oído estuviera casi tocando su cara, así que ni consideró la idea de intentar gritar, y puesto que lo único que había podido mover en un día fueron sus párpados y los labios, la idea de golpear algo para atraer su atención no tenía razón de ser. Ana escuchaba, pues no había nada más que pudiera hacer.

La maldición era peculiarmente bondadosa, como si la persona que hablase fuera consciente de que jurar no hace ni bien ni mal, pero sirve para aliviar sentimientos. La voz era fluida, y unía las palabras en frases intrincadas de abuso, sin repeticiones. Un amplio abanico de vituperio, lleno, rico, rítmico, castigó una piedra en un zapato, muchas ampollas, el camino que había causado todo, y la habitual intratabilidad del universo.

Ana había estado escuchando durante un rato antes de que le llamara la atención que oía la voz de una joven.

Debería haberme dado cuenta desde el principio, pensó Ana. Me pregunto quién es.

La voz respondió cortésmente a su muda pregunta.

“Bueno, segura como de que mi nombre es Jenny y que pretendo vivir mi vida libre, aunque puede ser corta, centraré mis posibilidades en esa casita abandonada y dormiré bajo techo, pase lo que pase”.

Llegó a la puerta pasos que cojeaban, y unas cuantas más maldiciones bien elegidas mientras un pie desnudo con ampollas rasguñó el suelo con agujas de alerces. Entonces los últimos rayos de la puesta de sol se derramaban entre los picos de las distantes montañas y a través de la puerta, y Ana vio la silueta de una mujer que sujetaba un zapato con una mano y con la otra empujaba la puerta abierta.

“¡Vaya!”, dijo la mujer que se llamaba Jenny. “Huele como si alguien hubiera muerto aquí”.

“No del todo”, dijo Ana, demasiado débil para que sus labios hicieran algo más que enmarcar las palabras. “Pero casi”.

“Aun así, viene lluvia o nieve”, dijo Jenny, entrando. “Y un tejado es un tejado”.

Ana estaba paciente en su cama. Había decidido que le gustaba lo que había oído y visto, pero no tenía ilusiones acerca de la capacidad de la gente para alejarse de la fealdad o la desgracia. Esperaba averiguar que ocurriría con esperanza, pero sin grandes expectativas. Las manos de Jenny tocaron la mesa, y Ana ofreció sus pensamientos para guiarlas hasta una cajita de yesca y una botella de aceite que durante días habían estado fuera de su alcance. Una chispa se encendió en la oscura casita de campo, y por su chorro de fuego naranja la lámpara y la botella brillaron brevemente. Un pie calzado y otro desnudo daban lugar, alternativamente, a pisadas con sonido fuerte y otras acolchadas, el aceite hacía glu-glú, la cajita de yesca raspaba otra vez, y después de unos momentos de soplidos mezclados con más maldiciones, la lámpara vaciló hasta conseguir una luz constante. Ana vio un brazo desnudo con bonito pelos casi invisibles, alcanzó a ver una nariz respingona, y vio el brillo de una cabellera rubia sobre las abultadas curvas de una figura robusta.

“Mesa, armario, silla, un manto colgado detrás de la puerta, zapatos…”, enumeró Jenny. “Sea quien sea el dueño de este lugar debe ser… ¡Oh, madre mía!”

La lámpara que Jenny sostenía en alto se hundió en su mano, y se acercó a la cama lentamente.

“Lo que me faltaba”, musitó. “Un cadáver para recordarme lo que me depara el futuro…”

Ana cerró sus ojos y los abrió de nuevo.

“¡Espíritu de la Vida!”, exclamó Jenny. “¡Está viva!”

Ana oyó los tap-clomp, tap-clomp de los pasos que se alejaban, y suspiró.

Qué se le va a hacer, pensó. Mejor debería volver a mi muerte como si no me hubieran interrumpido.

Cerró los ojos y trató no escuchar. Sin embargo, momentos después las ropas de la cama eran cogidas y la vergüenza interrumpió la ecuanimidad que había alcanzado al final de su vida, porque ella sabía lo sucia que se había vuelto.

“Primero el interior, después el exterior”, dijo Jenny.

Levantó la cabeza de Ana y le echó agua dentro de la boca, y también por sus mejillas y el cuello. El beber llegó mucho después de que Ana hubiera abandonado todo pensamiento de la tremenda sed que la había consumido el día anterior. Una parte de su mente casi rechazó el regalo del agua que da vida, pero su cuerpo se hizo cargo de sus necesidades. Sintió el líquido caer por su garganta, y una vez más sintió sus miembros. No fue una sensación totalmente placentera, pero le hizo acordarse de vivir, y vivió.

A continuación, Jenny cuidó a Ana con una disposición y una ternura muy en desacuerdo con su continuo flujo de invectiva variada. El abuso de buen humor estaba dirigido exclusivamente a la situación, nunca a Ana, y a cada momento que pasaba la anciana sentía que crecía su afecto por Jenny. Poco a poco, como primero fue bebida y después unas finas gachas de avena entraron cuidadosamente con una cuchara en su boca, Ana recuperó fuerza suficiente como para susurrar unas cuantas instrucciones acerca de dónde se guardaban sus pertenencias. Al final, estaba acostada en una cama recién hecha, su cuerpo limpio y alimentado. Lo último que Ana oyó aquella noche fue a Jenny gruñendo para sí misma mientras se preparaba una cama de musgo y alfombras en el suelo.

Cuando por la mañana la luz del sol salpicaba la colcha de Ana y templaba los nudillos de sus torcidas manos, oyó el chapoteo del agua en un cubo con la melodía de una canción vulgar que había escuchado por primera vez cuando Peder el Mago había bebido abundante cerveza de calidad una noche de verano, muchos años antes. Cuando Jenny volvió del arroyo cercano, Ana disfrutó de la vista del resplandeciente cabello de la joven, la figura completa y las faldas por encima de los pies con ampollas que ya no estaban apresados por los zapatos que les habían magullado.

“Buenos días, Jenny”, dijo Ana en voz baja.

“Oh, bien”, dijo Jenny. “Estás despierta. Ahora desayunaremos algo”.

Una vez que hubieron comido, una un generoso bol de copos de frutos secos y la otra unos cuantos bocados, se miraron, evaluando.

“No vas a morir”, dijo Jenny.

“Aún no”, estaba de acuerdo Ana.

“¿A quién puedo avisar para que te ayude?”

Recostada sobre una almohada, en una postura medio sentada, Ana encogió sus deformes hombros.

“A nadie. Todos los que se preocuparon por mí hace ya tiempo que murieron”.

“Hombres”, gruñó Jenny.

“Tengo en la memoria a alguien a quien recuerdo con cariño, y siempre lo haré”, dijo Ana.

“Pueden ser divertidos”, reconoció Jenny, cruzando una pierna sobre la otra, examinando sus dedos con ampollas. “No soy alguien que olvida los apretones y los abrazos, ni los ocasionales besos a medianoche”.

“Bien”, dijo Ana. “Pero hay más”.

“Eso creo”, dijo Jenny, expectante, con los ojos muy abiertos. “Pero pienso que no voy a creérmelo más”.

“Tan amarga, tan joven”, dijo Ana.

“Tan magullada, tan cansada, tan perseguida por un hombre que insiste en que es dueño de mi cuerpo y de mi alma”, espetó Jenny. “Y tan embarazada. Les odio a él y a su hijo”.

“Ódiale si quieres”, dijo Ana suavemente. “Aunque eso no te hará ningún bien. Pero no odies al niño”.

“Es su manera de controlarme. No es un hijo fruto del amor. Nunca debería haberme casado con él, pero ¿qué puede hacer una moza de una taberna, huérfana, cuando cree que ha encontrado un camino fuera de los cacharros y las botellas, de los pellizcos no deseados y de las largas horas? Le conozco mejor ahora, pero parecía un buen tipo cuando me cortejaba”.

“Entonces recuerda eso, y lleva al niño con alegría”.

“No tengo muchas opciones. Está a menos de un día de distancia de aquí. Me encontrará, y su hijo y yo moriremos juntos. No conoces su temperamento. Yo sí”.

“¡Deja de decir que el niño es del padre!”, dijo Ana secamente. “El niño es él mismo. Tienes mucha suerte de llevarlo dentro”.

“Incluso una bruja podría hacer lo mismo”, replicó Jenny.

“No todas pueden”, dijo Ana.

“¡Oh, madre mía!”, exclamó Jenny. “Son las palabras. Saltan desde mi boca demasiado rápido, y después me lamento de haberlas dicho. Debería haberlo adivinado. Eres una bruja, y tu cuerpo es tal que…”

“Tener niños me era imposible, afuera de que ningún hombre me miró como lo haría a una esposa”, completó Ana. “Y no soy más bruja que Peder mago. Pero él vino demasiado tarde. Soy fea. Eso es todo”.

“No lo eres”, contestó Jenny. “Eres hermosa. Es sólo que tu cuerpo es un poco… un poco retorcido. Pero no he visto cara más bonita, ni unos ojos más encantadores que los tuyos”.

Ana miró a Jenny con un momentáneo temor de burla o pena, pero sólo recibió de los ojos azules de la mujer la misma mirada directa, con los ojos muy abiertos.

“No tienes picaresca, Jenny”.

“Oh, puedo ser astuta”, dijo Jenny, y guiñó un ojo con picardía mientras se levantaba para fregar los platos.

“Puedes jugar al juego del amor, niña. Eso es diferente. No deberías envenenar tu vida”.

Jenny se encogió de hombros.

“Tiene que atraparme primero. Si puedo ir más allá de la Aldea sin que nadie me vea, pueden decirle que ha venido por el camino equivocado, y seré libre de él”.

En ese momento, el aire de la montaña trajo el sonido distante de sabuesos aullando.

“No”, susurró. “No con los perros de Kurt. No quiero morir de esa forma. Los deja que se mueran de hambre hasta la desesperación y luego capturar a su presa viva. Me amenazó con ellos cuando no quise compartir mi cuerpo con sus clientes en la taberna”.

“¿Es eso cierto, Jenny?”

Jenny se volvió hacia la anciana, con su rubio cabello cayendo a ambos lados de su rostro.

“Sí, lo es”, dijo Ana. “Muy bien, debemos parar a los perros y a él. Alimenta el fuego y tráeme ese libro que hay sobre la repisa de la chimenea. Ábrelo por donde dice ‘dragones’”.

“Los huérfanos aprenden mucho en las tabernas – pero no las letras”.

“Muy bien, debes encontrar el lugar conmigo”, dijo Ana. “Date prisa”, añadió, mientras el sonido de los perros se acercaba.

Sin saber si tenía más miedo de los hechizos de Ana o del peligro que se aproximaba, Jenny hizo lo que se le pedía. Pasó páginas, echó hierbas en el fuego, roció agua en el fogón, repitió extrañas sílabas y obedientemente avivó con aire las llamas azuladas que crecían en el fuego. El sonido de los sabuesos se acercaba más y más, los ecos se repetían cada vez más rápidamente. Un grito se unió al clamor de los perros, y Jenny miró por la puerta.

“Ana, no está funcionando. Gracias por intentarlo, pero es demasiado tarde. Quizá es porque no creo en lo que estoy haciendo, y si es así, lo siento. Pero no puedo permanecer aquí y ver cómo te mata a ti también. Me marcho”.

Cuando dio un paso para salir por la puerta, ésta se cerró desde fuera por un violento golpe de aire caliente.

“Si te marchas, moriré de todas formas”, dijo Ana. “¡Miserable elemental, date prisa!”

Los ladridos se transformaron en aullidos cuando los sabuesos rodearon la casa.

“¡Sal, Jenny!”, gritó la voz de un hombre. “O prenderé fuego a la casa. Huyes de mí, y ahora sufrirás por ello”.

“¡Líate una cuerda y hazle un nudo y engánchate a la boca de un tiburón, Kurt, cazón cobarde!”, gritó Jenny, agarrando un cuchillo de trinchar.

Ana siguió mascullando sus hechizos al igual que la rica corriente de improperios vertidos por la moza de la taberna.

“… y que ardas allí”, gritó Jenny cuando finalmente se quedó sin aliento.

La casa de campo retumbaba como un tambor al ser golpeado, y el tejado crujía bajo un gran peso. Encima había un siseo y un rugido como los de un poderoso alto horno, y la única ventana pequeña era golpeada por una cola retorcida y escamosa.

“¿Qué haces aquí, hombre?”, dijo una horrible voz desde lo alto.

Las dos mujeres se miraron, mientras fuera los perros lloriqueaban de miedo.

“He venido a llevarme a casa a mi mujer y al hijo que lleva en su interior”, dijo Kurt con el tono de un hombre que era más bien ofendido que ofensor.

“Tonterías”, dijo la terrible voz. “Has venido a vengarte de ella”.

“No, magnífico dragón”, trató de persuadirle Kurt. “He venido sólo a llevarme lo que es mío y a cuidarlo con delicadeza. Deseo sólo corregir sus errores con ternura y moldear su naturaleza testaruda y…”

“¡Mentiras!”, bramó el dragón. “Yo, Santosh Raal-Zurmath, detesto las mentiras. ¡Arrepiéntete!”

“Oh, dragón, ¿qué puedo hacer por ti?”, trató de engatusarle Kurt. “Ya lo sé. ¿Por qué no tomas a mi mujer? Es cariñosa y rolliza, y sería una comida apetitosa. Sácala de la casa, devórala y déjame ir libremente”.

“¡La cobardía!”, dijo el dragón, enfurecido. “¡La detesto aún más!”

El aire de la casa se calentó como el de un horno. La cola del dragón golpeaba los muros, y donde tocaba salía humo.

“No exageres, Santosh”, dijo Ana tajantemente. “Queremos ser rescatadas, no horneadas vivas”.

El sonido de pies que corrían llegó a las mujeres por encima del crepitar de una repentina llamarada azul sobre la chimenea. Un destello de luz inundó la pequeña habitación, y con un trueno se abrió la puerta. Jenny se tiró al suelo tapándose los oídos con las manos. Una figura enrollada y con llameante cruzó el cielo como un rayo por encima de las cumbres de las montañas, y abajo donde el camino giraba hacia la casita de campo había una columna de humo aceitoso. Detrás había cinco trozos más pequeños, en la zona de hierba y de musgo, ardiendo.

“Bueno”, dijo Ana aspirando el olor sulfuroso que había en la casita, “me gustaría que Peder hubiera visto esto. Nunca tenía mucho tiempo para Santosh Raal-Zurmath, pero digo que ¡es un dragón que sabe hacer bien su trabajo!”

“Dulce madre”, exclamó Jenny. “Nunca más volveré a dudar de ti, Ana”.

“Bien”, dijo Ana. “Porque tengo mucho que enseñarte, y no dispongo de mucho tiempo. Primero debes aprender a leer. Después toca el conocimiento de las hierbas y el aprendizaje de los bosques, y el alumbramiento – no debemos olvidar eso – y conjuros y encantamientos y…”

Se detuvo y miró, ansiosa, a Jenny.

“¿Te quedarás?”, le preguntó muy suavemente.

“Por supuesto”, dijo Jenny, mientras se levantaba del suelo y se sacudía espinas de alerces de su pelo. “¿Cuándo empezamos?”

* * *

“Me ha gustado esta historia”, dijo Petra. “Ana sabía lo que quería, y Jenny también”.

“Santosh Raal-Zurmath era un dragón terrorífico también”, dijo Daniel. “¡Puff! ¡Y Kurt se convierte en humo!”

“¿Eres tú también un dragón de fuego?”, preguntó Petra.

“Tengo mis momentos”, dijo el Dragón modestamente.

“Sólo preguntaba”, dijo Petra, “porque empieza a hacer frío, y me preguntaba que si recogemos algo de madera que trae la marea, si te importaría que encendiéramos un fuego”.

“Observa”, dijo el Dragón.

La enorme cabeza se alzó muy por encima de ellos y el hocico apuntó a la roca sobre la cual había descansado su escamosa barbilla. Hubo un sonido como el de un escape de vapor, y la roca empezó a brillar. En unos instantes, el aire caliente se quedó en el interior de las alas del Dragón, que las había plegado en forma de tienda, rodeando a los dos niños. Daniel acercó sus manos a la roca y se calentó los dedos.

“¿Esto significa que nos vas a contar otra historia?”, preguntó Petra.

“Daniel, dijiste que la Princesa tendría una buena vida”, dijo el Dragón. “¿Te gustaría escuchar otra historia sobre ella?”

“Oh, sí”, corearon Petra y Daniel.

Y el Dragón contó la historia de la Reina y el surcador de mares.

—Seymour Hamilton

traducción de Susana Martín Puya

Las ediciones electrónicas de La Princesa valiente (And meanwhile, in English…)

TLP Esp¡Llegó el gran debut!  El resultado de mucho trabajo duro fundado en el amor de estos cuentos tan especiales, La Princesa valiente de Seymour Hamilton ya se encuentra a la venta en ediciones electrónicas. ¡La edición en tapa blanda llegará pronto, también!

Petra y Daniel tienen poco interés en el pueblo pintoresco de pescadores que sus padres los han obligado a visitar de vacaciones. Ellos no saben que este pueblo tiene un legado de dragones. Más divertido que la exploración de museos o ruinas pintorescas, una pequeña piedra en una playa desierta les ofrece la posibilidad de realizar magia, discutir con seres elementales, robar corazones, ir a la guerra, escribir poesía, escapar de un bucanero, y navegar el barco la Princesa valiente.

Su mundo gris de llovizna nunca será lo mismo.

Del genio del autor famoso de la Trilogía Astreya, estas historias fantásticas y ligeramente melancólicas resonarán con las preguntas profundas que te haces mientras realices las tareas diarias.

Puedes leer más sobre y por Seymour Hamilton yendo a la página SeymourHamilton.com. Allí encontrarás links para descargas de podcasts gratuitos de La Trilogía Astreya y La Princesa valiente, leídos por su autor en inglés.

Kindle | Kindle Canada | Kindle España | Kindle México | Nook | Kobo

9781937291464Meanwhile, in English… The Laughing Princess‘s ebook editions have undergone a facelift with new covers based on the artwork of Shirley Mackenzie. They match the gorgeous Spanish editions.

Check them out in their accustomed e-stores (we’re still waiting on some of them), and also in expanded distribution to Book Country (with more to come!). A new soft cover edition should come out before the end of the year — watch this space to find out when!

Kindle  | Kindle UK | Kindle CanadaNook | Kobo | Book Country

The Poet and the Angular Dragon, Excerpt from The Laughing Princess

For your reading enjoyment, here is the ninth story from Seymour Hamilton’s The Laughing Princess. I’m a writer and this is the single most inspiring story I have ever read.

THE POET AND THE ANGULAR DRAGON

There was a poet who had wandered from city to country to town until he owned a fine stock of memories both happy and sad. He had shipped aboard a leaky boat with a curmudgeonly skipper and had blistered his hands on ropes and fishing lines for months, until he was heartily sick of the sea. At length, he had come to the Village at the foot of the mountains that brooded in purple shadows while the clouds tore to shreds on their peaks.

After the boat had made fast to the stone quay that formed one side of the Village square, the moon rose and the snow on the crags was lit with a ghostly light. Though he had been awake for two days while his vessel was storm-lashed and nigh to overwhelmed by raging water, nonetheless the poet could not sleep. He went ashore and walked among the houses of the Village, where yellow candlelight gilded the windowpanes and silhouetted those within. He heard the murmur of voices and felt a stab of heartsick loneliness for the home to which he could never return, and a longing was upon him to stare into eyes kind enough to see him for himself and accept what they saw.

He passed a tavern, and heard the discordant sounds of revelers far gone in their cups, and he wondered why he should be restless when his fellow mariners sought oblivion in drink, or lay exhausted in salt-wet hammocks aboard their evil-smelling boat. He turned his steps southwards and walked beyond the Castle to where the cliffs drew back from a stony beach silvered by the eerie light of the moon. Shingle scraped under his heels and he drew his jacket tight around him, wishing for he knew not what.

It was not that he had lacked comrades, lovers and good friends, but they were lost along the difficult leagues he had travelled, and now he could revisit them only in memory. There had been a time when he thought to make of his voyaging a never-ending river of poems that would touch the hearts of all who heard them, but now the source of his inspiration had dwindled to a trickle of disjointed words. Whenever he took up his pen or mused over rhymes and rhythms, he was driven to the conclusion that there was no one who would care to hear what he struggled to say.

“There really isn’t much point to it,” he said aloud to the night.

Like all poets, he talked to himself often, but on this occasion when he tried to continue, he could manage only an ironic laugh that threatened to turn into a sob.

He kicked the stones under his feet and stared seaward at the ghost-white crests of breakers as they crashed along the shore. He shivered as he walked along the line left by the receding tide where the waves had tossed up storm-wrack mingled with ruined pieces of men’s handiwork. A broken oar poked up from a tangle of twisted tree roots, and his feet crunched on the fragments of a broken bottle. Ahead of him was a wrecked boat, drifted deep into the shingle by the pounding waves. Its upturned hull was sliced into an enigmatic shape of dark, convoluted shadows. At one moment he saw a huge bird, then a coil of rope stuck with broken spars and masts, then the bony skeleton of a monstrous sea creature.

“It is a statue, created by some sculptor to tease the minds of all who see it,” he muttered to himself. And then, as he knew this could not be, he asked the night, “Is nothing real? Must I choose only among illusions?”

“Can you see the wind?” asked a voice softly. “Or hear the stars?”

The poet stopped and stared about him, for in all his musings he had never been questioned so appropriately.

“Yes I can,” he declared. “At least, there have been times when starlight tingled at the edge of hearing, and the wind was soft enough that I stared at where I held it in the hollow of my hand.”

The poet stepped towards the figure on the boat, that now he saw was a seated woman, her arms folded about her knees.

“You bind words to escape from the knowledge that it is your own mind that shapes your life,” she said.

He stepped towards her outstretched hand, then blinked and looked again. Lit by a light that was not of the moon, he saw eyes whose slit pupils watched him steadily, and he knew that he spoke to a Dragon. Such was his loneliness that he was not capable of fear. Instead, he was captivated, and saw beauty in the gentle curve of its mouth and the soft gleam of its eyes. He felt a bond between his humanity and the inhuman creature, and both his intelligence and his feelings were convinced of its gentle and kindly interest in him.

“All that opposes you is only as real as you imagine it,” said the Dragon.

The poet knew that the Dragon spoke of more than the moment, and he was moved to admit his deepest sorrow and the cause of his midnight quest.

“I would know that I was heard by someone who cares whether I live or die,” he said. “I wish affirmation that what I write may touch another’s mind.”

“Has there been no such moment for you in your life?” asked the Dragon, like a lover in whom there is no jealousy.

“Once,” said the poet. “But she is far away, and I do not know whether she even thinks of me.”

“Then you have touched another’s life, and you have no reason for despair.”

“I could be wrong,” he said.

“True,” replied the Dragon. “But that thought brings no hope, so set it aside.”

And the poet sighed as if he had put down a heavy burden. Clouds sailed across the moon, and in the darkness he fixed his gaze on the Dragon’s glowing eyes.

“Who can I thank for these good thoughts?” he asked.

A laugh like the chime of high, distant bells mingled with the sounds of the sea.

“I am she who is not as are my kinfolk, for I am further from eternal and closer to mortals than they. I speak only to poets, dancers, men and women whose lives are not complete without the tones, shapes and words that they themselves have wrought. I live by their thought as they by their arts, though I offer them only those songs, dances, forms and words that can be shared with the fewest of the few.”

“But what are you called?”

“The other Dragons speak of me as The Angular One,” said the Dragon, and there was sorrow in her voice. “For among my fellows I am no better understood than are you.”

“Then tell me your name, oh Dragon,” insisted the poet, “that I may reverence you in my poems. Because you are beautiful, and wisdom is in your words.”

Again there was musical laughter to join with the night sounds of wind and wave.

“You are a persistent one, Poet,” said the Dragon, and her voice was soft as a woman well pleased. “You know full well how to flatter.”

“I do not deny it,” said the poet. “But you can see my thoughts and know that I speak truth. My world is words, and I must have them in my head to know that I exist. Do not torture me with your silence, for I would repeat your name and know that both of us are real.”

“Then I will whisper, for none has heard it for so many of your generations that I have almost forgotten how it is pronounced.”

And the Dragon bent her head towards the man, and the poet heard the name Kaiwheil Bhagmani-ji, and was content. The harmony of shared compassion filled his soul, and he pressed his palms together in token of his thanks. He could find no words to thank her, so he closed his eyes to savor the syllables he had heard.

When he looked again, the beach was white with moonlight, and he faced an upturned boat. He tipped back his head and saw a shape sharp as knives and soft as a woman’s lips scudding down the night wind. And the poet smiled, because he knew he would hold the moment precious, and that he would continue to search the world for the stuff of which his poems were made.

* * *

The Dragon drew its sea green wings in a little closer around the two children, and they looked out under the massive arch of leathery scales towards the little bay, now shimmering in the late afternoon sunlight. The shadow of the cliffs was almost to where the Dragon’s tail lay in serpentine coils on the beach.

“I hope some day I’ll be able to meet Kaiwheil Bhagmani-ji,” said Daniel softly. “I’d like to tell stories and write poems.”

“I thought you wanted to be a warrior,” said the Dragon.

Daniel gave his head a little shake.

“Wizard, solemn son, thief,” counted Petra. “And Ryll. She wasn’t very nice. Do the men get all the luck?”

“I wouldn’t call Barrin lucky,” said Daniel. “And the Princess sounded to me as if she was going to have a good life.”

“Very well,” said the Dragon. “Since you have very cleverly avoided wishing for a story about a woman, Petra, I will tell you about two women.”

And the Dragon told the story of The Witch and the Tavern Wench.

The Laughing Princess is available in Kindle, Nook, Kobo and paperback and as a free podcast at SeymourHamilton.com. Una edición en español se hará disponible en otoño.

The Laughing Princess, New for Fairy Tale Lovers This Summer

Açedrex is proud to announce the publication of a new book unlike any we’ve done before. In fact, I’m not sure there are any books similar to it on the market at all.

For any of you who read the wonderful Astreya Trilogy and wondered whether Seymour Hamilton has anything else up his sleeve, your question is answered! The Laughing Princess is a collection of stories or fables, all concerning dragons and the powers they still wield in our jaded world. One dragon in particular tells all the stories to a pair of siblings on holiday in a seacoast town that is much more special than they realize:

Petra and Daniel have little use for the quaint fishing Village their parents have forced them to visit on holiday. They don’t know that this Village has a legacy of Dragons. Much more fun than exploring museums or picturesque ruins, a small stone on a lonely beach offers them the chance to perform magic, match wits with elementals, steal hearts, go to war, write poetry, escape from a pirate, and sail The Laughing Princess. Their dull, rainy world will never be the same.

The stories themselves range from meditative to epic, with melancholy musings on love and one’s purpose in life as well as violent battles and the searing char of a dragon’s breath. If you’d like to read something new that nonetheless feels like a half-remembered fireside chat, this is the book for you.

The cover features the dragon sculpture that inspired the first story Hamilton wrote, about a tremendous mountain which is really a dragon and the mere mortal who disturbs his slumber.

New for Açedrex, this book will also be available as an audio download. You can read more about and by Seymour Hamilton by going to SeymourHamilton.com. There, you’ll find links to downloads of free podcasts of The Laughing Princess read by the author.

The ebook editions are available for only 99 cents now, but get it quickly! The price will increase this Friday night!

Kindle | Kindle UK | Nook | Kobo

Kindle in Europe: DE | FR | ES | IT

The paperback is available at Amazon and anywhere else fine books are sold. Request it from your library or local bookstore!

Una edición en español se hará disponible este otoño.